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La Dama de Elche: interpretaciones sobre una pieza única

Una de las visitas guiadas que realizamos en Arkeo Tour se adentra por las salas y estancias de Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Si realizas esta ruta con nosotros, tendrás la oportunidad de descubrir numerosos secretos de tiempos pretéritos y podrás acercarte y analizar piezas verdaderamente únicas.

De entre todas ellas, quizás, hay una que goza de un merecido protagonismo en la exposición: la Dama de Elche.

Su enigmática belleza ha dejado prendados a curiosos y expertos, y sus excepcionales características aún son interpretadas por los mayores investigadores del arte íbero.

Hoy, por tanto, os vamos a hablar de esta maravilla del patrimonio español, y os aseguramos que no os dejaremos indiferentes.

La Dama de Elche

Un poco de contexto…

Después de la batalla naval de Alalia, en el año 535 a.C, entre los cartagineses, aliados con los etruscos, y los griegos, la mitad sur de la Península Ibérica quedó bajo la influencia de Cartago. Es a partir de entonces cuando cuando comienza a desarrollarse, sobre todo en el Bajo Guadalquivir, un activo intercambio social, cultural y comercial, dotando al territorio de una gran prosperidad económica hasta el s. III a.C.

Por circunstancias todavía desconocidas, la civilización tartésica desapareció, produciéndose la atomización de diversas sociedades distintas con algunas rasgos en común, que será llamados íberos. Además ellos, también debemos añadir a los descendientes de los colonizadores, así como algunos grupos célticos. El resultado era un territorio cultural de múltiples influencias que fueron cristalizando en la zona de Andalucía y el sur del Levante.

Es es en este momento, entre los siglos V y III a.C., cuando se desarrolló el arte íbero pleno.

Creemos que se trata de un estilo artístico eminentemente religioso y funerario, debido a que sus la mayor parte de sus representaciones han sido encontradas en necrópolis o santuarios.

En la religiosidad de los íberos localizamos grandes influencias griegas y púnicas, que actúan sobre una base tartésica, reelaborada por los grupos indígenas dando lugar a una síntesis completamente, que caracteriza por una gran originalidad.

Ahora os vamos a presentar a la Dama de Elche

Una estatua que, por cierto, podréis visitar muy pronto, si reserváis esta ruta con nosotros.

La Dama de Elche fue encontrada de manera fortuita por el jornalero Manuel Campello Escápez el 4 de agosto de 1897 en la Alcudia de Elche durante unas obras de excavación en la propiedad del doctor Campello Antón. Muy pronto corrió su fama provocando la llegada de curiosos a la propiedad para admirar a la que en un primer momento fue bautizada como Reina Mora.

Pocos días después, llegó a la localidad alicantina el arqueólogo Pierre Paris, amante de la cultura íbera, que supo ver la excepcionalidad de la pieza y logró que el Museo del Louvre la adquiriera.

La compra de la estatua por parte de la institución francesa no sentó nada bien a los defensores del patrimonio histórico español, quienes no cejaron en su empeño hasta que el busto regresó a España en 1941 y fue depositado en un primer momento en el Museo del Prado.

La repatriación de la obra de arte, que formaba parte de un intercambio de distintas piezas entre los gobiernos francés y español, fue celebrada por una victoria nacional, y en los periódicos del momento se anunciaba “Vuelve a nuestro patrimonio esta singular pieza arqueológica porque el Caudillo, haciéndose eco de las aspiraciones españolas, así lo quiso».

En el año 1971, la Dama de Elche pasó a formar parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional, donde ha permanecido hasta ahora.

Una obra singular…

La fascinación que la pieza ha despertado desde su descubrimiento queda patente en la siguiente descripción de Pierre Paris:

La frente es ancha y plana; los ojos, bastante separados de la nariz, y ligeramente oblicuos, son estrechos y largos, rasgados, como se dice en forma de almendra. El párpado superior, ancho y muy prominente cae pesado sobre las pupilas veladas, pero incluso donde todavía dos cavidades redondas que, a pesar de la ausencia de esmalte que sin duda albergaban un día, dan una sobrecogedora sensación de vida y de pensamiento profundo. La nariz larga, menuda y recta, no prolonga la línea de la frente; las alas de la nariz pequeñas y enjutas; la boca, claramente dibujada en la cual la coloración rosa muy bien conservada aviva y resalta los labios finos, está herméticamente cerrada; las mejillas son planas, un poco marcadas sobre las encías, el mentón redondo y un poco prominente; la forma de toda la cara es más bien maciza y cuadrada, acentuando la estructura vigorosa de los pómulos y de las mandíbulas. Toda la cara, en la que reina una majestuosidad un poco dura y altiva nos da la idea de una personalidad singularmente original y fantasearíamos con el retrato verídico de una princesa orgullosa, si no apareciera más francamente que la preocupación de copiar la naturaleza, el esfuerzo del escultor hacia la creación de un tipo ideal”.

El misterio que envuelve el busto despierta numerosas incógnitas, tantas que incluso J. Moffitt llega a considerarla una falsificación, aunque sin argumentos científicos que respalden su hipótesis.

Curioso es también el hecho de que llegara a considerarse el busto de un hombre, en concreto del dios Apolo, algo que ya ha quedado descartado por el recogido de la escultura, propio de una mujer.

En la actualidad no cabe duda de que se trata de una escultura absolutamente original y que posee el rostro de una mujer. El busto cuenta con 56 centímetors de altura y representa, según la mayoría de los expertos, a una divinidad o incluso a una sacerdotisa.

Lo que parece tenerse también por cierto es que no se trata de un retrato sino de una imagen idealizada.

Aunque actualmente contamos con un busto, son muchos los historiadores que consideran que se trataba de un original en cuerpo entero de pie o sedente que fue cortado, lo que podría explicar el trazado irregular de su base. Los bustos no son comunes en la escultura prerromana en piedra, pues tanto los fenicios como los griegos concebían al ser humano como un todo indivisible, otro motivo más para considerar que no conservamos la obra en su totalidad.

La mujer va cubierta con un manto que forma pliegues en la parte de delante y deja al descubierto tres collares: los dos primeros hilos atados en haces con pequeñas ánforas decorativas y el último un collar de cuentas con adornos en forma de lengüeta. El manto queda unido por una pequeña fíbula anular situada en el lugar correcto, algo que hoy conocemos por otros paralelos en terracota, detalle que dota de autenticidad a la escultura. Los detalles de los adornos están presentes en el arte ibérico y son prueba de una influencia fenicio-tartésica.

En la parte posterior, tiene una cavidad cuya función ha dado lugar a numerosas interpretaciones y de todo tipo. Sin embargo, la mayoría de arqueólogos e historiadores coinciden a día de hoy en que el orificio dota a la escultura de un carácter funerario, como depósito de cenizas. Este aspecto es coherente con el hecho de que el rito funerario utilizado por los íberos es la cremación.

La Dama de Elche es una de las joyas del arte íbero que podemos encontrar en nuestro excepcional Mueso Arqueológico Nacional. Su belleza, enigmas y misterios están a solo un paso de ti.